
Eco es una adivinanza que atravesamos como personas, como estudio, como diseñadores y como empresa. Una pregunta constante que se materializa en objeto: se adivina asiento, perchero y escultura. Es eso, es más, es lo que quieras que sea.
Genera la pregunta esencial: ¿Quién soy? Expone la identidad a través de aquello que elegís vestir. ¿Qué te vas a poner hoy? ¿Cómo lo vas a llevar? En esta era de aturdimiento, Eco no viene a cuestionar, sino a exhibir lo que realmente sos. Fuera de los vestidores cerrados, esas prendas que contiene son las que vas a llevar hoy, porque todas las cosas te suceden precisamente ahora. ¿Y quién sos ahora? Es una pregunta difícil. En el mejor de los escenarios, recibís el eco y encontrás respuesta al ver tu conjunto expuesto.
La vestimenta es la interfaz del individuo con el mundo: piel sintética, construcción de identidad, frontera del deseo y canal de comunicación del yo, unas veces exhibido, otras disimulado. Del mismo modo, el producto se afirma como pieza única: un acento en el entorno, una memoria del diseño y de las formas en espacios que reclaman intervención. Se vuelve tema de conversación.
En tiempos de modelización del ser donde todo es proyecto y objetivo futuro, y el presente parece diluirse, Eco aparece como un objeto personalizable e intencionalmente incompleto. Una crítica desde adentro que acentúa esa incompletud para abrazarla. No es un adorno estático, exige ser llenado, reclama intervención, es un proyecto.
Personal, profesional pero sobre todo temporalmente, esta pregunta nos define. Nos impulsa a renacer y a repensar quiénes somos.
Como dijo el doctor Stephen Albert dialogando con su verdugo:
“En una adivinanza cuyo tema es el ajedrez, ¿cuál es la única palabra prohibida?” “¡El ajedrez!”, respondió Yu Tsun.
Así es. Omitir la palabra silla es quizás el modo más enfático de nombrarla.
mil9.
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